sábado, 5 de diciembre de 2015






El mismo amor que prometió matarme, 
de vez en cuando me cura.
Un ritual de cada instante, 
de un segundo a la vez parece salvarme,
la sabiduría ancestral de los más cercanos a mi centro aturdido,
su paciencia mística, sus ojos compasivos intentando aliviarme.


Si, es obvio, no es esta la primera, la segunda, la tercera, no es la vez última en la que prometo ya no llevar la cuenta.
Quebrantado, un poco chueco el corazón, por frágil, por crédulo, por traer en el una fe ciega. Me sostengo, por fuerza frente a la ventana más cerrada de toda mi vida, y aún allí intento imaginar el sonido agudo de algunos pájaros, intentando sentir el aire.

Medito. Recuerdo una de las cosas más certeras de este día:
- ¿Después de tanto, de todo, sigues en el mismo lugar?

Si, supongo que es la respuesta, pero es cuestión de poder en uno mismo, 

si algo lastima, ¿por qué caer en esto muchas veces?
- A menos que estés dispuesta a entregar la vida entera y por completo permitir que te destruyan: 
Corre, huye por tu vida. Me grita.

Es una vez más

No, no es exageración, 
en marea alta, el amor.
En un río crecido, el amor.

Ahoga, el amor.


¿Y este es el amor? pregunto.

- Es el que prometió matarte y ahora de vez en cuando te cura. Contesta.

El arte de abrazar una vez tras otra, los nuevos dolorosos comienzos, 

es tan solo la fuerza de reconocer que una vez más, estas en el inicio.

Es la oportunidad, 

Otra vez estas en la herida.




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