Hay que sostenerse con cuidado cuando el cuerpo es una vasija llena, y ladearse de más significa no poder contener el agua que habita dentro, cuando moverse es soltarse a llorar sin pena.
Acurrucarse y apretar fuerte las piernas contra el pecho en un abrazo de consuelo que solo una misma sería capaz de brindarse es una buena solución de momento y buen comienzo para el descanso.
Cerrar los ojos para no ver el miedo, para apartar las angustias y olvidar el día. Seguir la espiral, volver al centro, al lugar en donde todo empieza, no hacer ruido, para volver a la sagrada contemplación de adentro hacia afuera, para verse de afuera hacia adentro.
Confiar la existencia a las manos más cuidadosas, las propias. Sentir el palpito de una vida temprana y no recordar los errores hechos dolores que acostumbramos a amarrar con fuerza en la memoria. Irrigar el cuerpo con la calma, volver la conciencia en cada latir, contarlos.
Respirar una vez por la sensación del dolor ajustado en el pecho. Dos veces para soltarlo. Tres por la desilusión y el corazón herido.
Cuatro porque llorar lava las heridas. Cinco porque la calma va llegando. Seis por la conciencia de aceptarlo todo por amor y perdón, para evitar los reproches. Siete porque al repetir las razones se les resta importancia. Ocho porque va doliendo menos. Nueve por la serenidad, la calma, la sabiduría y la paz que pido.
El último respiro profundo de esta noche consiente, para que escampe.
Hoy, antes de dormir, este instante, diez.
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