Si tuviera que escribir para ti, si tuviera que describirte, diría que eres el universo entero, que eres las estrellas que te gusta mirar, que eres la noche cómplice y misteriosa.
Si tuviera que contarte, diría que te sé de memoria, que sé de los brazos fuertes que rodean mi cintura, que sé a que saben tus abrazos. Que tus manos de dedos inquietos han sabido recorrerme, conquistar mi geografía, que has sabido pintar mi piel.
Si tuviera que refugiarme, escojo tu pecho amplio, el amparo de mi cabeza confundida, el sonido incesable de la vida, de la emoción y la calma. Tu corazón.
Si tuviera que hablar de caminos, imagino tus piernas, firmes como tus certezas, enredadas a las mías en las noches. Si tuviera que hablar de caminos, tus pies, que han recorrido la vida, que tienen aún muchos más pendientes por andar sin mi.
Si tuviera que acariciarte, enredo mis dedos en tu pelo suave, y mi piel, en tu piel lisa y blanca, en tu olor.
Y si tuviera que hablarte, digo tu boca, tus labios que aprietan los míos, que me dan tu aliento, que me susurran palabras. Tu boca que me cuenta los secretos abatidos, que se desahoga, que ríe.
Pero si tuviera que verte, prefiero tus ojos, que te comprenden todo, que me miran. Tus ojos que me gritan la fragilidad del hombre y los sueños de un niño.
Si me pidieran alguna vez que te resuma, diré Apocalipsis, misterio y revelación a la vez. Si me piden que hable de ti, les hablaré de mis miedos, de tu ir y venir, de que tal vez no vuelvas, de que me vuelva roca de no sentirte más.
Si me pidieran alguna vez que te resuma, diré que te quiero, diré que eso me basta.