A mi amado cuerpo que es mujer como yo.
Ultimamente he reclamado casi a diario y con desdén la forma en que te comportas, en que cambias, la forma en que actúas y hasta en el tiempo que pasa y pesa en ti. Te reclamo duramente las cicatrices, las marcas, cada mancha e incluso la manera en que creces. Mi lista es rigurosa, interminable y no se hace esperar. Te repito que no eres como quisiera, que quizás deberías tener un poco más de gracia y un poco menos en kilos, una piel más suave. Te encuentro mil peros, y me dediqué en el olvido de olvidarme de ti.
El perdón que pida por mis culpas será poco siempre y no volverá en tiempo mis reproches, mis excesos contigo. Tienes una armadura demasiado fuerte y un par de veces me pesas en el alma, aunque seas tu mismo quien la guarda celoso, aunque seas capaz de suavizar en mis curvas los pesares.
Desde hace mucho tiempo que estoy en deuda contigo, se a que sabe tu perdón, porque en ti aprendí a perdonar las faltas, porque tu concediste a mi implacable violencia tu perdón primero. Sanas después de la lucha, te tejes, ocultas los secretos y los sufres conmigo, y unes punto a punto mi dignidad.
Pero para variar, el miedo de esta noche te ruega, amado cuerpo, que no reveles tus quebrantos, que apacigües tus dolores que yo misma causé. Que no te canses de soportarme, de darme piernas decididas y brazos eternos rodeándome las noches, extiéndelos en reparación y manténme en el centro junto a ti.
Amado cuerpo, no escuches mis quebrantos y quédate, no te reveles, no te niegues que reposo en ti, porque no encontré gloria más amada que el frío que corrió en ti, cuando yo entendí que al final siempre estaríamos a solas tu y yo.
+22.04+%232.jpg)
