Tuesday, March 23, 2010

Añoranzas

Después de días, después de meses
después de años, despues de lustros y decadas pasadas
llega un momento en la vida
que se llena de añoranzas el alma del ser humano.

Recordar los amigos lejanos en la distancia
las calles y callejones de aquél pueblito añorado
que tal vez no fue tu cuna
pero fue quien te dio la mano.

Hacia donde voy no lo tengo presente
pero de donde vengo no se olvida nunca
he yo nacido en Jalisco
La Nueva Galicia, en la ciudad de Guadalajara.

Tierra fertil, cuna de los mariachis,
del tequila y del Rebaño Sagrado
Cuánto habrá cambiado mi pueblo
Tamazulita del alma.

Encuéntreme donde me encuentre
soy jaliscience señores.
Y aunque nunca regrese a verte
siempre andaras conmigo.

En sueños y en mi memoria
huelo la tierra mojada
oigo el cantar de las aves
y la gente al pasar por la ventana en la madrugada.

Sí... después de días, de meses y años pasados
llega un momento en la vida
que se llena de añoranzas el alma del ser humano.
Ahí es precisamente dónde se encuentra mi corazón mexicano.

© Rogelio Gómez Hernández.

Monday, August 10, 2009

Momentos en la vida

Hay momentos en la vida,
momentos de sublime alegría,
momentos de dolor,
momentos de esperanza.

Después de todo,
solamente soy humano.
Con mis aciertos,
con mis errores.

Con alegrías, con sueños,
dolores y quebrantos.
Hay tiempo para todo en esta vida.
A veces se disfruta y a veces se lamenta,

Se sufre, se ríe
se comparte, se convive.

Si alguien llegara a preguntarme
que por qué estoy pensativo en este instante
yo diría... soy humano,
y como tal tengo derecho.

© Rogelio Gómez Hernández

fecha original 28 de junio, año del 2002.

Sunday, August 9, 2009

Negro Americano

Me miran y se espantan
con crueldad, sin compasión.
No saben de dónde vengo
no saben siquiera quién soy.

Se dejan llevar
por sentiminetos perversos,
inhumanos que tienen
dentro del corazón.

Cuando me miran paseando
afuera, libre
como todos los demás.

Antes de que me huyan
antes que vean
mi oscuro color de piel.

Antes de que me tachen
de drogadicto,
malvado o ladrón.

Antes que escondan sus bolsos.
Antes que llamen
a la supuesta autoridad.

Déjenme decirles
de donde vengo
déjenme decirles
quién soy.

Soy aquél robado
del continente africano.
Fui esclavizado sin piedad.

Vine a este continente
con grilletes
en mis manos y en mis pies.

Me compraron
como si fuera una bestia
y en los campos trabajé.

Me robaron mi lengua,
mi cultura,
mi libertad.

Más de trescientos años
viví bajo el sol
en los algodonales
bajo mirada del cruel capataz.

Tuve que ahogar a mis hijos
para poderlos librar
de la maldita miseria
que vivía mi raza negra.
En silencio, sin poder gritar.

A mis hermanas mujeres
las violaron sin piedad.
Y a los hijos nacidos
los separaban y enviaban
a otras tierras trabajar.

Soy aquél
que por ver al hombre blanco a los ojos
lo mandaban con el azote del látigo
duramente castigar,

Por gritar ¡quiero libertad!
A mi y a mis hermanos
nos mandaban
de los árboles ahorcar.

Yo, soy el negro americano
que tiene su corazón.
Pero también tiene orgullo,
no les vaya a olvidar.

© Rogelio Gómez Hernández.

Ahí

Ahí te estaré esperando
alguna vez en mi vida
me dijo estas palabras
una persona querida.

Mi corazón se alegraba
al escuchar estas cosas.

Estaba yo emocionado
de tal manera que al punto,
no pude dormir esa noche.

Y a la mañana siguiente
ya por la madrugada
al levantarme temprano
para llegar al encuentro.

Pero al llegar al lugar
y a la hora señalada
cual fue mi triste sorpresa
al no encontrar a mi padre.

© Rogelio Gómez Hernández

fecha original, 6 de septiembre, año del 2002.

En este poema, recuerdo lo que sentí cuando era niño y mi papá me dijo a mi y a mi hermana que nos llevaría con él a Guadalajara. En ese tiempo nosotros vivíamos con mi abuelita en el pueblo y mi mamá ya se había venido a Estados Unidos. Nosotros queríamos mucho a nuestro papá. A pesar de lo que era, a pesar de lo que hacía. Él era nuestra papá y no había nada ni nadie que nos pudiera hacer cambiar de parecer. Pues cuando le contamos a mi abuelita, ella al principio no nos iba a dejar ir, pues bien sabía lo que iba a pasar y bien sabía lo que era mi papá. A pesar de todo eso, por fin nos dejó ir. Estábamos tan contentos que creo no pudimos dormir bien esa noche. Al día siguiente bien felices porque ibamos ir con papá a la ciudad, nos fuimos donde habíamos acordado que nos encontraríamos. Cual sería nuestra sorpresa cuando nos dijeron que ya se había ido. Que nos había dejado. Y la verdad creo que nunca ni aunque sea se tomó la molestia de pedirnos perdón o darnos una razón de porqué hizo eso. Mi punto es que cuando se le dice algo a los niños, por favor hay que cumplirlo. Esas son las cositas que pueden parecer tan triviales y tan insignificantes pero esas son las cosas que uno recuerda. Esas cosas a través de los años marcan a uno, para bien o para mal. Por muchos años mi hermana y yo sentimos ese episodio de nuestras vidas como un pasaje amargo, como un preludio de lo que a la postre vendría a ser el abandono final y total de nuestro padre.

Rechazo Final

Déjenme solo les pido
déjenme solo
con mi pena y ni dolor.

Necesité de su ayuda
necesité de su amor
ustedes me rechazaron
ahora, el que rechaza soy yo.

Yo supliqué por su ayuda,
supliqué con gran dolor
ustedes no me escucharon
me dieron la esplada,
y ahora, el que les da la espalda soy yo.

Rechazaron a un hombre sincero
que les brindó su amistad.
Lo rechazaron sin amor
lo rechazaron sin piedad.

Déjenme vivir mi vida
en paz y tranquilidad.
Nomás, ya no seré tan ingenuo
he aprendido la lección.

© Rogelio Gómez Hernández

fecha original, 8 de agosto año del 2002.


El anterior poema lo escribí en algún momento crítico de mi vida. Uno de esos que todos en algún momento u otro los hemos vividos. Aquellos donde nos sentimos rechazados, traicionados, usados, en fin; uno de esos momentos donde por el momento perdemos la fe en nuestros semejantes y nuestro corazón se llena de cinismo. Estoy seguro que todos en algún momento determinado de nustra vida nos llegamos a sentir así. Que aunque estemos rodeados de una multitud, nos sentimos más sólo y vacíos que nunca. En esos momentos no nos importa nada. Afortunadamente, no pasamos así todo el tiempo. Afortunadamente, después de la tempestad llega la calma, después de la oscuridad llega el día, después del llanto viene una sonrisa al corazón.

Wednesday, August 5, 2009

No me gustan los hospitales.

No me gustan los hospitales. No sé porqué, o tal vez sí. Pero no los aguanto. Me asfixian. Si fuera por mi, jamás pondría mis pies en el interior de un hospital. Sé que no soy la única persona en el mundo que piensa o siente de esta manera.

Mi historia historia anti-hospitalaria, por llamarla así, empezó cuando aún yo era un bebé. Escasos meses, quizás un año, pero no pasaba de eso. Mi madre dice que me dio pulmonía. Me llevo al hospital. Dice que estaba tan mal al punto que mi cuerpo completamente se miraba como cuando uno se raspa la piel y se nota la carnita medio rosita debajo de la piel. Dice que así me miraba y además que empapa las sábanas de sangre.

Los doctores llegaron a decirle que se despidiera de mí pues no iba a pasar la noche y que sería mejor que mueriera en sus brazos. Sólo me puedo imaginar el dolor y la deseperanza que haya sentido en ésos momentos tan díficiles para una madre.

Con ésa desesperación de madre al sentirse inútil ante tan grande prueba lo le quedaba más que encomendarse a Dios. Al mismo tiempo que hacia esto, dice ella, agarró las fuerzas y no sé de dónde se le ocurrió hacer lo que a la postre vino a ser lo que me salvó la vida. Tomó una cuchara y con las lágrimas en las mejillas me forzó un poco de gelatina en mi garganta. Poco a poco empecé a comer y de ahí fui obteniendo fuerzas. Me recuperé. Oh... se me olvidó decir, que me hicieron una operación... aún tengo la cicatriz en mi costado. Y dice que a la semana me dieron de alta.

Años más tarde. Siendo ya un adulto. Saliendo de la escuela, no sabía que hacer con mi vida. Así que decidí estudiar en un colegio comunitario, pero ahí también sentí que mi tiempo y mi dinero lo estaba gastando. Así que tomé una de las decisiones en la vida, de ésas que te alteran la vida, pero que no hay manera de saber eso de antemano que si lo hayas sabido es muy probable que jamás hauas hecho esa decisión. Tuve la gran brillantez de matricularme en el ejército de los Estados Unidos de Norteamérica.

Los que me conocen sabrán que yo no soy un tipo rudo ni violento y quizás nunca se imaginaran que yo alguna vez fui soldado, si aunque sea sólo de nombre. Primer lugar, nunca en mi vida pensé que me aceptarían. Por mi vista, por mi físico, y por mi operación de pulmonía de bebé. aaaaaapero contra todos mis pronósticos que me había ya hecho yo mismo en mi cerebro, fui aceptado.

Yo lo que quería ser era lingüista, pero al no ser ciudadano, sólo residente legal, tuve que tomar la caballería. Claro está, ya no se usan caballos en el ejército moderno, pero su equivalente, que vienen siendo los tanques.

Todo iba bien...creo. No recuerdo bien. Nos dieron los uniformes. Llenamos aplicaciones y otras cosas... de repente algo pasó. Qué. No sé. Lo siguiente que sé. Despierto en un hospital siquiatrico. Tuve un colapso mental. Estuve en coma. Cuanto tiempo, tampoco lo sé. Al despertar, tengo lagunas mentales. Partes de mi vida no las recuerdo. Y por si eso fuera poco, no puedo reconocer a mi propia madre. Escucho voces infernales que me llaman. Al mismo tiempo las rechazo, las odio y al mismo tiempo me atraen. LLegué a tener la fuerza de ocho a diez hombres, pues esa era la cantidad de personas que se tomaba para sujetarme. Quice matarme. Me aventaba por la ventana del segundo piso. Gracias a Dios las ventanas eran hechas de una mezcla de vidrio y plástico de ese material que usan en las arenas de hockey sobre hielo.

Los doctores por segunda vez le dicen ami madre, que yo permanecería así. Que erea muy probable, es más era casi un hecho que quedaría así para el resto de mi vida. Por segunda vez en la vida, se le desgarra el corazón a mi madrecita santa. Por segunda vez en la vida su hijo le cause dolores en el corazón.

Los doctores le dicen que quieren intentar un tratamiento que es muy controversial, un tratamiento que algunos consideran ser inhumano. En inglés es conocido como ECT, electro combulsive therapy. Le mandan al paciente fuertes corrientes de shock eléctrico con el fin de arrancar, verbo arrancar como arrancar un coche para que enciendo, no arrancar de quitar, el cerebro, estimularlo para que la memoria y sus facultades puedan llegar a su normalidad. Le dijeron los riesgos. Le dijeron que eso, a la par de un milagro de Dios sería lo único que podría salvarme o por lo menos que recuperara un poco mi memoria. Mi mamá de nuevo accedió. Accedió en medio de la incertidumbre de qué pasaría.

Poco a poco empecé a recuperarme... al menos alguas cosas ya me venían a la memoria. En fin hicieron ese tratamiento un total de tres veces.

Al poco tiempo después me dieron de alta. Pero aún no estaba del todo bien. Me dieron tantas píldoras que tenía que tomar que era ridículo. Aún hubo un tiempo que mirar un uniforme militar me aterrorizaba.

Un día de repente y por ninguna razón mas que estar cansado de tomar tantas píldoras, dejé de tomarlas y jamás las volví a necesitar.

Exactamente que me pasó en el entrenamiento miltar. No sé. Jamás lo sabré. Por mucho tiempo después de haberme pasado todo esto, me sentía un fracaso. Por más que me dijeran lo contrario no podía sacarme ese sentimiento de mi mente y del corazón. Tenía miedo de compartir esto con la gente. Pensé en lo que pensarían de mí. Pensarían igual que yo, que soy un fracaso y lo escondía como si nunca haya ocurrido. Pero sí ocurrio. Es parte de mi vida. Ahora me importa un cacahuate lo que la gente piense o no piense de mí. Yo soy quién soy.

Unos años antes de irme al ejército mi padrastro se enfermó. El no era la clase de hombre que se enfermaba con facilidad. Era fuerte como un toro, mi padrastro era. Lo llevamos de rutina al hospital. Pensamos que era algo sin importancia. Algo pasajero que sólo con alguna receta o alguna inyección se aliviaría. Qué equivocados estábamos. Le diagnosticaron cáncer. Los doctores así sin misericordia le dijeron en su cara sin tocarse el corazón... señor Smith, usted tiene cáncer y va a morir. Sólo recuerdo la carita de mi padrastro trémula y desgastada por la enfermedad, recuerdo el temor en sus ojitos de ángel. Recuerdo cómo pensé que después de ser tan fuerte ahora en su momento de debilidad no podía hacer nada.

Al poco tiempo murió. Las primeras veces que lo fui a visitar al hospital, sentía un dolor en el estómago. En lo más profundo de mi ser. El olor a hospital. Los pasillos. Todo. Lo odio.

Los hospitales y yo tenemos una historia. Y no es de amor.

He visto vez tras vez como la gente al entrar a un hospital poco a poco decae... no sólo físicamente, pero también moral y espititual.

Yo pienso que hay algo en la mente humana que al saber su situación de salud todo se derrumba, A veces, creo yo, alguien puede vivir muchos muchos años con alguna enfermedad terminal sin saberlo y su cuerpo anda bien. Pero al saberlo. Al diagnosticarlo, entonces es ahí donde el cerebro entra en el juego y lo traiciona a uno. Es en este momento que la salud se deteriora de manera espantósamente rápida.

Por esto y por muchas otras razones, odio los hospitales.

Por eso no me veran en uno de ellos. No si yo puedo evitarlo.

Por qué razón me expongo a compartir esto. Porqué me expongo a compartir algo tan delicado, tan serio y tan cerca a mi corazón. Dos razones.

Una. Agradecimiento a Dios.

Yo, devería haber muerto hace ya muchos años. Es la gracia, la misericordia y el amor de Dios que permite que esté yo aquí para contarlo.

y dos.

No me gustan los hospitales. No sé porqué, o tal vez sí. Pero no los aguanto. Me asfixian. Si fuera por mi, jamás pondría mis pies en el interior de un hospital. Sé que no soy la única persona en el mundo que piensa o siente de esta manera.

Rogelio Gómez Hernández

Tuesday, August 4, 2009

Amigos

Amigos, no los hay muchos en el mundo
pero los que hay y son sinceros
son menos que los dedos que tenemos en la mano;
pues la amistad sincera es más difícil de encontrar que algún tesoro.

Si tienes por lo menos un amigo que te mire como hermano
considérate dichoso y muy afortunado;
y si tuvieras la fortuna de tener a más de uno
entonces de veras que tú eres un ser privilegiado.

Un amigo verdadero vela por ti en los peligros
y si alguien viniera a lastimarte
con gusto y con orgullo levantaría su mano
para decir «yo voy primero.»

Cuando estás triste y desolado
no abre la boca pues sabe que no se arregla con palabras
en silencio y con amor
simplemente está a tu lado.

© Rogelio Gomez

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